[Reseña] Un arte (democrático) arraigado en la vida

[Reseña] Un arte (democrático) arraigado en la vida

Hace casi un año fuimos invitadas a presentar “Contra el arte y el artista” en la Mostra del llibre anarquista de Valencia. A partir de dicha presentación, Enric Llopis tomó la iniciativa de elaborar una reseña que os dejamos aquí para aquellas/os que estéis interesadas/os en los temas relacionados con el arte desde una perspectiva social:

En 1964 Umberto Eco esbozó una famosa distinción de enfoques con que aproximarse a la cultura de masas. Por un lado la visión de los “apocalípticos”, quienes denunciaban una creciente banalización de la producción artística y la creación cultural. Se enfrentaban a esta tendencia aristocratizante los llamados “integrados”, quienes amparándose en la “democratización” y en la necesidad de divulgar contenidos, planteaban una visión optimista de la cultura de masas. El debate se ha sostenido en el tiempo y concretado en múltiples formas. Pero estas etiquetas propuestas por el filósofo y semiólogo italiano no cierran, ni mucho menos, las posibilidades teóricas. El libro “Contra el arte y el artista”, publicado en 2012 en Santiago de Chile por el Colectivo Desface, explora otras vías. El ensayo de 136 páginas editado en el estado español por el colectivo editorial “La Neurosis o Las Barricadas” ha sido presentado en la XV Mostra del Llibre Anarquista de Valencia.

“Contra el arte y el artista” plantea un problema de fondo: la separación entre el arte y la vida. En la sociedad capitalista, el arte deja de ser “libre obrar” cotidiano de hombres y mujeres para convertirse en mercancía. No sólo deja de ser “praxis vital” al alcance de cualquiera, sino que además pierde todo su potencial crítico. “La belleza de una obra, su mensaje profundo, pertenece a una dimensión sublime, a la que sólo el alma refinada puede acceder. Descifrar el mensaje del arte se convierte en tarea de especialistas, y el quehacer mismo del arte se vuelve elitista”, explica el colectivo de autores.

Especialistas, técnicos, comentaristas, críticos, instituciones y museos monopolizan la “alta cultura” y el “campo del arte”. Pocas figuras evidencian tanto este sentido elitista de la creación artística como el “genio”, aparecido en el Renacimiento (“un tipo de sujeto, único e irrepetible, con talentos y habilidades extraordinarios, que lo sitúan sobre el común de los mortales y cuya obra merece ser admirada por los demás”). También la división del trabajo en la sociedad capitalista separa al “artista” y al “autor” (con su firma integrada en el star system) del hombre común, e impide –de nuevo- que el arte se convierta en una práctica “cotidiana, colectiva, habitual y liberadora”. Frente a las genialidades (y su ego), los autores señalan que las obras son producto de un sinnúmero de condicionantes sociales, familiares, personales, históricos, políticos… además de haber podido contar (el supuesto genio) con la formación, conocimientos y herramientas adecuadas.

El arte como mercancía y como actividad profesionalizada (“vivir del arte”), su institucionalización en una “política” cultural, así como la “funcionarización” del “verdadero” artista, alejan al arte de lo que debería ser su esencia: actividad vital, libre y creadora, que por otro lado la acercaría a lo que Marx consideraba trabajo “no alienado”. El ensayo se desvía en ocasiones por vericuetos filosóficos de mayor hondura (doce páginas dedicadas a la “sociedad del espectáculo”, de Guy Debord; la idea de “aura de la obra”, pergeñada por Walter Benjamin en 1936; o “El nacimiento de la tragedia”, de Nietzsche, como texto clave para comprender el origen del espectáculo burgués). Pero la idea capital aparece de manera continuada: “Postular la muerte del arte es abolir su carácter elitista y especializado”.

Cuando los autores proclaman la necesidad de recuperar el arte para la vida, hablan de “politizarlo”, lo que requiere alguna explicación añadida. Politizar el arte no sólo significa armar un discurso subversivo y emancipador, o transgredir el orden establecido. Es mucho más que mero “mensaje”. La politización tiene que ver también con el modo en que la obra de arte ha sido producida, la manera en que circula y los lugares por donde transita. Dicho con mayor claridad por los autores: “Muchos artistas piensan que politizar el arte es decir unas cuantas verdades sociales a través de su obra (…), y creen que hacen un gran favor al movimiento libertario o revolucionario dando su trabajo a los circuitos oficiales (…)”; Pero reafirman, una vez más, “que el mercado es capaz de absorber toda crítica que se limite al contenido discursivo de la obra, a lo meramente lírico”.

“Sin forma revolucionaria no hay arte revolucionario”, afirmaba Maiakovski. ¿Qué ocurre hoy con las formas?, en una sociedad capitalista que escinde a los individuos en roles, los fragmenta en clases sociales y discrimina en función de supuestos talentos. El parágrafo es impagable: “El encierro del arte y la literatura en su esfera sacra trae aparejado, lógica e inevitable, la deriva hacia el extremo formalismo. Hacia la revisión constante y perpetua de su lenguaje, hacia su sofisticación y purismo, alejándose cada vez más del mundo de la vida. Eso es lo que ha pasado en el campo del arte contemporáneo, cuyo lenguaje se ha convertido en un sinfín de citas, de metaplanos y de recurrencias que se quedan en puro y simple ejercicio estético o retórico”.

“Contra el arte y el artista” fue la primera publicación de “La neurosis o las barricadas”. El colectivo define su proyecto editorial como militante, autogestionario y no profesional, que reinvierte el dinero obtenido en nuevas ediciones. El objetivo es “reforzar la cultura anarquista para fortalecer sus luchas, fomentar la autocapacitación y el pensamiento crítico”. La editorial cuenta con tres colecciones: “La neurosis o las barricadas” (con títulos como “La anarquía funciona”, de Peter Gelderloos; “Revolución no es dictadura”, de Luigi Fabri; o “El problema de la enseñanza y otros escritos”, de Ricardo Mella); “Lmentales” y “Microanarquismos”. Entre las novedades destacan “Economía anarquista”, de Deric Shannon, Anthony J. Nocella II y John Asimakopoulous; “Anarquismo y ecologismo”; y “Anarquismo y sexualidad”, de Helena Andrés Granel.

Dado que el contenido de una obra artística es tan importante como el modo en que ha sido producida, lo fundamental es lo que los autores llaman “libre obrar”. Esta acuñación no apunta únicamente al albedrío del sujeto creador (cualquier hombre o mujer), sino que disuelve cualquier norma, coerción y jerarquía cultural. El “libre obrar” es un “arte autogestionado” que no requiere autorización, surge de manera autónoma y espontánea al margen de las academias y las autoridades, e ignora el comentario de los críticos. No tiene como fin el consumo ni los medios de comunicación masivos.

Expresado en términos positivos, “se construye por la necesidad de expresión y por la gratificación de verse reflejado en la obra, de ver la experiencia creativa individual o colectiva plasmada en un objeto que no le pertenece a nadie más que a la comunidad”. No hay genios, ni jefes, ni criterios de competitividad y eficacia. Tampoco importan el éxito y las ventas. Es la actividad lúdica de quien “está comprometiendo su propia existencia en la obra”. Se reivindica la idea de “proceso”, frente a la tiranía del tiempo y los resultados (“no hay un lugar donde llegar, sino un campo de batalla en el que, en lucha y resistencia, podemos autoproducirnos).

El ensayo presentado en la Mostra del Llibre anarquista sitúa en el frontispicio la noción de “libre obrar”, pero también la “economía del don” (idea que proviene del campo de la Antropología, de Marcel Mauss). Esta idea implica gratuidad y regalo, y se opone radicalmente a la acumulación de poder. “Sería el acto puro, anónimo y gratuito de un ser humano hacia el género que lo contiene”. La actividad artística, creadora, al alcance de cualquiera y no de una minoría exclusiva, subraya sus contornos a medida que el ensayo se acerca al final.

El remate es una distinción entre lo local y lo universal. El arte burgués, triunfal y hegemónico, aparece por eso mismo como “universal”. Sin embargo, afirman los autores, detrás de esta victoria “también hay sangre”. Y más que de “universalidad”, se trata de “la imposición política de una ideología”. La obra que defiende el Colectivo Desface se produce y transita en el ámbito de lo local, y éste es también su destino. La “politización” reside precisamente en el arraigo a la comunidad. Además, los rasgos universales que puedan hallarse en la creación artística proceden de su particularidad. El libro acaba con 14 hipótesis de lucha contra el campo del arte y el artista.